Un espacio íntimo donde la palabra respira y el verso se vuelve refugio. Poesía personal para quienes aman las letras, las emociones sinceras y la belleza de lo escrito desde el alma.

Diabla era una joven con un coeficiente intelectual muy por encima de la media, sus rasgos faciales perfectos y en sintonía con un cuerpo en los parámetros de la belleza que se demanda hoy en día, la hacia el prototipo de chica adorada y soñada por los hombres. Diabla no necesitaba de pastillas, de alcohol, de tabaco ni de subidones para sentirse bien y disfrutar de la vida, en realidad lo que ella necesitaba por encima de todas las cosas era su adrenalina.

Todos pensaban de ella que era un techo inalcanzable, con su ropa de marca, con sus palabras inteligentes sin ninguna frase fuera de lugar o palabra obscena, con su pelo brillante, sus ojos enormes y su piel suave, ayudando en los comedores sociales en sus ratos libres, dando clases particulares a niños con problemas de atención. Para todo Diabla era como un ser divino del que todo el mundo estaba orgulloso, todos la querían y la adoraban.

El único pecado que tenia inconfesable era como dije antes su sed de adrenalina y buscaba esa sensación que la envolvía como un orgasmo cuando todos se iban a la cama, cuando la ciudad se dormía, cuando su reino se hacia parte de sus venas en la oscuridad, en su capucha tapándole la cabeza, en sus guantes de cuero y sus botas militares, en su cuchillo de montaña colgado del cinturón de su vaquero, de la respiración entrecortada.

Diabla se salia a las calles allá donde las farolas no alumbraban, esperaba entre las sombras su próxima victima, aquella a la que ver a los ojos mientras se esfuma su alma. A Diabla le encantaba matar en silencio, vagabundos, personas del turno de noche, deportistas que aprovechaban la noche para entrenar, cualquier persona le valía, salvo los niños que eran su único tabú.

Le encantaba sentir como la sangre salia a borbotones de su cuello, de un solo corte presionando profundamente, ver como se revolvían intentando sacar esa llave que los mantenían desde la espalda atenazados y es que Diabla era buena en autodefensa personal y eso le ayudaba en sus crímenes, en su adrenalina quitando las vidas de desconocidos inocentes, era una verdadera asesina sin piedad.

 

Luego los dejaba donde los mataba, no los movía, no hacia nada más que sacarles la vida. Se volvía para su casa, limpiaba bien su cuchillo, se duchaba y se quedaba rendida con una sonrisa sobre su cama con el placer de un nuevo día cumplido. Por la mañana volvería a ser esa persona encantadora de la que nadie jamás desconfiaría, tan bella, tan deslumbrante.

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