Yo quería escribirte una canción donde el amor se explicase solo, pero solo pude poner el rollo de papel higiénico allá donde tus uñas no lo rasgasen para liarte unos de tus pitillos baratos, unos de tus pañuelos mocosos, tus postales de navidad cutres. Porque el extremo de tu ironía hacia lo que quieres no tiene sentido alguno, se pierde mas que un agujero negro en una galaxia cercana, que la vulva sin eclosionar de una cebolla borracha, de la tinta china del tatuaje que tienes debajo de la barbilla donde has puesto tu pensamiento más impropio “nasía pá matar”; que escándalo.
Pensándolo mejor te pongo una carta, quizás mejor fuese un telegrama o señales de humo pero se que utilizarías todo eso para enjuagarte en tu traje ceñido de tocino, de revolcarte en el estiércol de tu lengua más ácida y simplona. Aunque todo es placer para tus sentidos como si leyeras un diario deportivo o te clavases la televisión entre ceja y ceja, desembragada.
Así que a pesar de que me calientes para dejarme en el banquillo, me retuerzas la tripa solo por escuchar el sonido más parecido a tu voz, yo te echo de menos. Llámame loco o dime que soy el efecto masoquista de lo que has provocado en mis carnes toda la vida, pero si, echarte en falta es uno de mis defectos más promiscuos, más rudos, de estreñimiento. Por eso y por mucho más estoy por dedicarte lo más reciente de Fangoria: fiesta en el infierno, más que nada para que lo vallas asimilando cuando te toque, para que te sientas a gusto allí donde la oscuridad no menciona mi nombre.

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