Cuando me viniste a visitar al hospital podía ver lagrimas en tus ojos a pesar de mi sedación. Podía sentir como tu mano cogía la mía y me hablabas con cariño, adivinaba por tus palabras cuanto me querías, cuanto me amabas. El paso de las horas hizo que tu cansancio reposara tu cabeza sobre mi pecho y sentías el leve palpitar de mi corazón rendido, cansado, destrozado. Podía entender como susurrabas “no te rindas”.
Estuviste a mi lado todos los días, las semanas que a duras penas podía comer por un tubo, esas horas donde no podía resistir la tentación de dejarme llevar por la oscuridad. Pero como si estuvieses dentro de mi cuando sentías que me iba reaccionabas para tirar del poco aliento que me quedaba y me gritabas “no me puedes hacer esto” “no te perdonare”.
He abierto los ojos, he sentido las cicatrices de mi cuerpo, el dolor de estar encamado tanto tiempo. Y lo primero que recuerdo lucidamente fue tu sonrisa, tu abrazo cálido y generoso, tus besos por toda mi cara, pensé que eso era lo que llamaban paraíso o que podría ser la ante sala de una despedida hacia el más allá. Pero todo era real, tu tacto, tus labios, tu mirada brillante y húmeda, entonces comprendí que había vuelto a nacer, que seguíamos en la misma linea temporal en una segunda oportunidad. No me asuste, no podía, tu estabas conmigo.

Deja un comentario