Estoy sentado en la arena, muy pegado a la orilla, de vez en cuando el agua toca mis botas mojandolas, pero no me importa en absoluto. Intento reflexionar que hago ahí, porque tengo las manos manchadas de sangre al igual que mi uniforme y un fusil humeando a mi derecha, estoy en guerra pero ¿contra quién?.
Te despiertas y…
Tengo la resaca subida al corazón, me pillo fuera de juego después de un picante señuelo en mi estomago y pinte un mural de animas y santificados recuerdos en mi cabeza. Me da pena pensar que en todo esto hemos acabado, a nublar la mente en desarbolados momentos de rutina y sonrisas podridas en cualquier cantina de mala muerte. Y no aprendí a ser feliz con los gramos de mierda que se van cruzando a lo largo de las horas y llegando el suplicio del atardecer, la soledad emborracha la estancia de un colchón vacío pegado a las vías de un tren. No se le puede culpar a la suerte, esa prostituta dependiente, para bien o para mal que te coge bien pillado y te sube esos grados de alcohol y te baja los de un sentimiento propio aportando una gran derrama, a esa alma herida, golpeada en lo que podría ser un distinto amanecer. Y aunque se diga no sucederá más no te líes todo vuelve como la jodida Navidad.

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