Te quiero tanto que si no te hago perrerías me desespero, me soltaste esto con una frialdad absoluta pero con una risa oscura bajo tus labios, como tocar las campanas con tus pezones en un campanario imaginario. Cuando para rematar me respondiste que “mi locura se llama como tú” ya estuve por cagarme en los pantalones pues me empezó a entrar un miedo escénico como jamas había sentido a lo largo de mi vida, estaba esperando la estocada final que no tardo en llegar: voy a abrir un consultorio para dementes como tú… (me cago en sus…).
Intente contraatacar amenazándola con escribir las aventuras y desventuras de Reina en Alcobendas pero eso la estimulo más. Incluso creo que la llego a poner un punto cachonda pues sabiéndose musa de muchas de mis entradas le excito un pleno alegato a su vida en perfecta exclusiva. Pero porque tiene un cuerpo que es un escándalo y abusa de su materia para torturar y para ponerte en la picota de las letras, provocando, soltando la lengua.
Hoy te he dado los buenos días, como suelo hacerlo habitualmente y tu pasaste de mi culo como si no fuera contigo, lo cierto es que cuando no te digo nada lo afrontas como la III guerra mundial mandando toda tu artillería a mis partes genitales y como no te dignaste en devolver el saludo me sueltas que no te di las buenas noches, que para huevos los tuyos cuando quieres salirte con la tuya.
Ahora entiendo que lo de vender la psicología barata es como tener perfumes de contrabando delante de una comisaria y promocionarlos con un megáfono, a ti te va psicoanalizarme para ver mis puntos flacos, a pesar de mis sobradas carnes de jabalí del Norte, e intentas con todo ello desequilibrarme para que deje de repetirte que un día me clavaste una lanza en un costado al cerrar tu blog donde podía leerte cuando me fui de mochilero por América latina , bruja.
Entonces para que no sirva de precedente me voy a hacer el desayuno, si, mezclare cacao con café, bollería industrial con galletas y leche semidesnatada calentada en el microondas, para mayor tortura de tu comprensión, de tus pensamientos que como aceite de motor están lubricando tu siguiente movimiento.

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