El primer viernes de Febrero donde el viento y la lluvia se ha llevado no solo parte de lo material de lo que rodea mi cueva, también se ha llevado parte de mi. Me ha dejado sin mas sueños que las realidades, aquellas que no puedo afrontar, sin dinero, sin salud, sin trabajo, sin ese amor que aunque fuese debajo de un puente te diese calor como antaño e hiciese de la compañía menos puñetera, menos dolorosa.
Tengo tantas cicatrices marcadas a fuego en mi mente que me entristece envejecer solo, un miedo que se acentúa con el paso de los meses y con el paso de esas fechas especiales que me recuerdan todo lo que perdí por el camino y no volverá jamás. Algunas personas no se dan cuenta del daño que han hecho con sus acciones, cuanto pueden echar por tierra las ilusiones de un corazón que realmente creyó en la vida, y en el futuro.
Con este tiempo tan malo es imposible volver a colgar sobre los hombros la mochila y escaparme tanto de cuerpo y mente por las carreteras que no llevan a ningún lugar fijo, solo donde encuentras otras personas que están sin nada como yo y aprovechan el poco aire que les queda para dejar unas líneas, unas fotografías, un pensamiento antes de morir en el más absoluto silencio, en un lugar donde la locura y la vergüenza se dan la mano con las lagrimas del penitente, los que somos parias de la sociedad, incomprendidos románticos de la libertad y el amor verdadero.
Un día me dijeron que nunca podría estar en un mismo sitio mucho tiempo, que nadie podía atarme porque necesitaba volar libre de un lugar a otro, quizás nunca entendieron el interior de mi ser y la necesidad aunque ya va siendo tarde de sonreír mirando a los ojos y no a viejas fotografías, ni a maquinas suplicantes a distancia.
Es un día de lluvia, y como dice el refrán nunca llueve a gusto de todos.

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