Ayer Reina y yo nos acostamos de nuevo, después de un largo tiempo sin vernos y esperando la primera oportunidad que nuestras vidas en la distancia nos permite. Lo hacemos de manera esporádica cuando uno se deja caer en la ciudad donde uno de los dos reside, así desde que nos casáramos por el 2003, en un barco ante un capitán pirata y una tripulación de corsarios.
Desde ese día decidimos no vivir juntos para no romper la magia que lo nuestro tenia y que intentaríamos estar lo mas lejos posible el uno del otro, para que cuando surgiese la ocasión y nuestras pupilas volviesen a conectar en el mismo espacio y lugar, amarnos seria escandalosamente bueno, hermoso y vital.
Ayer el mal tiempo no sofoco las llamas de la pasión, que después de unos años sin coincidir hizo que nos entregásemos primero entre la gente con los besos colmados de abrazos y luego entre las sabanas de un hogar con calefacción natural entre suspiros, latidos y fluidos.
Hoy hemos dado vuelta al reloj de arena, ya no estamos juntos y tal como acordamos un día no nos despedimos con un adiós sino con un hasta luego cariño, un hasta luego de meses o quizás años, pero por siempre ante nuestro amor un hasta luego con una sonrisa sin miedos, llena de esperanza, de libertad.

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