Por primera vez sentí como al no pedirme nada me pedías todo y robaste de mi cara una gran sonrisa. Eres parte de mi calle, del entorno que me rodea, de la arena de mi playa y de tantas cosas inconfesables que saber que de todo ello lo único que te gusta soy yo hace de nuestra convivencia un reto, levantarse cada día sin rendirse y regalarnos la compañía por la que tanto hemos peleado.
Cuando con tus manos me tapaste mis ojos y me preguntaste quien eras sabia desde el primer momento que serias esa persona con la que envejecería, con la que sentarme en el parque y jugar a enamorarnos, con la que acostarme todas las noches deseando que no amaneciese para compartir el calor de tu cuerpo, tus besos, tus caricias.
Cuando me entregaste tu corazón en una caja llena de conchas para que la guardase al lado de la caja que igualmente te di a ti, supe que había que unirlas para que no se sintiesen separadas, para que palpitasen juntos. Para que el amor tuviese personalidad propia sin escapes, sin distancias. Y al quedarme conmigo, al elegirme como lo más interesante de tus versos me dejas con las velas llenas, zarpando hacia un horizonte afín.

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