Se había dejado una muela peleando por su honor en la calle Juan Rejón, dos soldados borrachos intentaron sobarle el corazón. Le dejo su pañuelo para taponar en cierto modo el riachuelo de sangre que de su boca surgía camino del centro de salud del Puerto pegadito a la plaza del castillo de la luz, donde minutos antes se comían la boca a besos. Ella estaba mas nerviosa que él no estaba acostumbrada a la sangre y menos a que alguien se partiera la cara por ella y eso le emocionaba y a la vez le daba miedo.
Después de dos horas unas curas y una pieza de algodón le soltaron al ruedo de nuevo, su cara ya había cambiado y ella se reía de él por hablar como un gangoso con la boca hinchada y los ojos enganchados pero a él lo que le importaba es que estaba abrazado a ella y su orgullo no estaba roto al poderla defender con éxito de aquellos malotes, ahora era su héroe, el que nunca le fallaría y lo sabia, a ella le gustaba la idea de sentirte así.
A pesar del malestar esa noche se dejaron vencer hasta el amanecer en las canteras arropados por la arena y las olas, prometiéndose la Luna y el sol. El tenía que estar a las siete y media en el cuartel así que se despidieron abrazándose con fuerza y besándose, quedando para la tarde con las ganas de dos enamorados que no pueden esperar, con sus lagrimillas intentando escapar de sus ojos negros, con el olor de su perfume fresco.
Subió por el atajo de el Confital y llegando a la puerta dos amigos compañeros de armas estaban esperándole con cara de resacosos ¿cómo te fue con la pava? ¡ostias no sabia que te iba a reventar una muela! ¿te duele mucho? ¿te la ligaste del tó?… “Callaros y tomar veinte euros para cada uno y de esto chiton que si se entera me quedo sin mojar”.

Deja un comentario