Un día me deje caer por tu cueva pero Morfeo te había secuestrado y tu protocolo fue quedarte entre tus sabanas de seda y tu almohada de plumas de pavo real, quedándome sin verte, nunca te lo pude perdonar. Aunque lo entendí, quien no se rinde a un Dios de la cama si el cuerpo descansa y la sensación de placer no habla.
Desde ese día decidí no hacer más visitas a domicilio, solo aquellas que me fuese encontrado por el camino, mochila en hombros, mente despejada, ojos cristalinos por los kilómetros recorridos, pero ir a posta ya no sería causa de mis agujetas.
Y no es que tu no te lo merezcas, ni seas menos que otras, ni quedarte haciéndole el amor a un Dios en vez de abrirle la puerta a un mortal sea para un reproche eterno, ni para clavarte agujas en un muñeco de vudú, pero he decidido no aterrizar por el interior del secano mundo de la capital, donde los vientos no son favorables al existir reinos y Dioses que ocupan toda razón permanente y no dejan resquicio a lo esencial.
Así que en la demencia de mis pensamientos, abrochate el cinturón de la mochila, busca el horizonte que mejor te lleve a tus deseos y quizás nos encontremos en el camino, pero recuerda, yo ya llevo muchos, demasiados, kilómetros de ventaja, quizás puedas coger un atajo.

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