Un espacio íntimo donde la palabra respira y el verso se vuelve refugio. Poesía personal para quienes aman las letras, las emociones sinceras y la belleza de lo escrito desde el alma.

Este mediodía tuve una conversación con una amiga que tengo en Alcobendas que hizo que me saliera espuma por la boca de las risas que me he pegado y es que no se le ocurre otra cosa que decirme que quiere que le imparta “un curso de sopladora de gaitas”. Lo se, yo también eyacule sangre por las órbitas de mis ojos intentando razonar la frase y la petición.
Cuando le comente que como iba con las flexiones en las articulaciones inferiores para aprender a soplar la gaita me dijo que tenia que ver ponerse de rodillas para aprender a coger la gaita y soplarla y en un intento de mantenerme compuesto y no fundirme como un queso a la plancha de la risa le conteste que todo, pues una buena sopladora de gaitas tiene que aprender a hacerlo en varias posturas.
Al poco rato empezó a darse cuenta de que el vacile al que le estaba sometiendo empezaba a ser mayor que la caída de Roma y que su pobre traducción de la temática gallega de la gaita al castellano le había jugado una mala pasada. Dándose cuenta de que lo que para ella era soplar se podía usar para otros menesteres más erótico festivos entro en un estado de profundo cólera hacia mi persona que hizo y eso fue lo más bonito de la hora y media de conversación al final acabáramos riéndonos los dos, ella porque ha prometido venganza y que buscara la manera de atraparme para hacer de mi aritos de cebolla y yo porque una vez más he podido manejar el tema como un profesional de la gaita jajajaja que son muchos años llevando una colgada.
Y es que después de un día de tormenta siempre es agradable la calma, salir a pasear, hablar con aquell@s que a pesar de la lejanía siguen estando ahí y que aunque no llevo una mirilla siempre agradezco las sonrisas.

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