Un espacio íntimo donde la palabra respira y el verso se vuelve refugio. Poesía personal para quienes aman las letras, las emociones sinceras y la belleza de lo escrito desde el alma.


Erase una vez una caperucita porteña, con mala uva, maleducada y siempre dando palos a todo lo que se movía. Como era una pioja inquieta vivía en casa de su abuela desdentada llamada Alejandra, la cual pobrecilla tenía que soportar todas las vejaciones que la caperucita porteña rebelde le hacia pasar. Desembragada solía corretear por los lares mas recónditos y oscuros de los lindes de la casa de su abuela y siempre buscándose los líos mas impensables para desgracia de todo ser viviente que se cruzase en su camino.
Era mala, cansina, despreciable de la vida que la rodeaba y solía ir armada para socorro de las ranas, de las ardillas, de las lagartijas a las que disparaba sin miramiento y se comía plantando un fuego en mitad de la nada. No era de amistades, a su abuela le hacía mil perrerías, le escondía el audífono, le rompía la pierna de palo y solía ponerle sal en la leche para desayunar, le cambiaba la graduación de las gafas y solía encerrarla en el baño cuando tenia la mínima oportunidad, un demonio.
Pero a toda mala bestia le toca su espejo y la caperucita porteña empezó a notar que una presencia la espía entre los arboles, en la hierba alta, a través de los cristales de su habitación, algo la seguía, la acechaba. Y su curiosidad con los pasos de los días empezó a tornarse en preocupación, nerviosismo, obsesión. Empezó a colocar trampas en la despensa, en la alfombra, en el camino, en los bebederos para los patos, veneno en los cereales de la abuela, escopetas sensibles al peso, granadas guiadas por láser, tanques colgados de los rosales, la mas absoluta de las paranoias.
Y un día lo vio con una de sus cámaras ocultas, el, peludo, de ojos rasgados, colmillos brillantes, el dueño de sus pesadillas, el que le había estreñido y quitado el apetito, el malestar de sus dominios de maldades, él. Un lobo solitario.
La caperucita porteña inyecto sus ojos en sangre, metió a su abuela Alejandra en el armario atada a una bola de acero de 60 kilos con un bocata de chorizo y una botella de agua, se armo con sus mejores galas, su arco, su escopeta de cañones recortados, su estrellas ninjas y allí abriendo la puerta de la casa de una patada se fue a por el.
El lobo solitario que se estaba fumando unas hojas de marihuana de la cosecha de la abuela, tranquilo viendo pasar las nubes olisqueo el hedor de los sobacos de la caperucita porteña, que dicho de paso no solía bañarse muy a menudo, para mal de muchos. Y levantándose en alerta analizo sus vías de escape, su plan de fuga rápido, el escaparse de la psicópata mas temida de todo el hemisferio sur. Pero no tuvo mucha suerte, los perdigones empezaron a silbar en el aire, por sus orejas picudas las estrellas afiladas japonesas casi le hacían un piercing, las minas anti tanque apostadas en diferentes zonas del camino hacia de la vida del lobo un juego de pinball, ensangrentado, medio deshecho por el plomo, la metralla y los insultos a grito pelado de la caperucita porteña el lobo estaba acorralado, perdido, a punto de sucumbir cuando unas cadenas y una bola de acero se arrastraban por el suelo, jadeante, sudando su ultimo supiro la abuela Alejandra con una maza de cinco kilos apareció de la nada pillando por detrás a la caperucita porteña dejándola KO con un golpe seco en la nuca.
El lobo con lagrimas en los ojos se sintió salvado, la abuela cogió la escopeta de cañones recortados y disparándose a la cadena se libero del yugo de los 60 kilos de peso, respiro profundamente, agarro al lobo por el rabo arrastrándolo hasta la cocina y con una voz de cabreo remato la faena diciendo:

“A este me lo como yo”.

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