Reina compartía sus medias de cristal con sus lagrimas, se dejaba llevar por la rabia del caballo en sus venas, y el hedor de la mierda en su cuarto de baño. Estaba colgada del siglo XXI, una paria que se fue formando a si misma a orilla del Manzanares y masturbando a cuatro viejos para sacarse el jornal de sus vicios, casi ya no sabia lo que era comer, todo se lo metía en subidones.
Ella no siempre había sido así, antes profesora de un colegio lo tenía todo y disfrutaba de los beneficios de una sociedad acomodada, de su estatus de sueldo del estado que la hacia apetecible para todo el mundo, desea y sorteada en los ojos de quienes veían en ella un partido de futuro se creía única e invencible, pero nunca puedes decir que de la hiel no beberé y eso es lo que Reina abrazo.
En su bendita burguesía con sus amigos de cómoda estabilidad una rayita de coca para hacer el chiste de la noche, de ese puntazo vinieron otros, tantos otros que su castillo se derrumbo y Reina ya no era ese bombón apetitoso, ya nadie la buscaba, nadie la quería. Estorbo y maldición. Su escuela se volvió la calle, los polvos sucios para sobrevivir, una casa desvalijada y embargada por aquellos que antes la miraban con envidia y ganas de apadrinar.
Reina era yo, eras tú, vosotros. El reflejo del alma de muchos que no supieron caminar y apartarse de inmolarse por sentirse volar. Y la discusión de su desenfreno y caída a donde nos lleva, ¿qué podemos hacer?, nada. En esta sociedad solo nos miramos nuestro propio culo y muchas veces ni eso, ya no somos seres humanos, solo números en un carnet de identidad, números dejando pasar el tiempo, ese mismo tiempo que Reina no supo valorar.

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