Un espacio íntimo donde la palabra respira y el verso se vuelve refugio. Poesía personal para quienes aman las letras, las emociones sinceras y la belleza de lo escrito desde el alma.

Me gusta bajarme en la parada 192 e irme a pasear por el parque Rodó. Bajar por las escaleras y sentarme al lado de una pequeña estatua en honor de una maestra, la estatua es como un asiento pero delante hay un esquinal que me sirve como el mismo y contemplo la isleta central del pequeño lago con sus palmeras y como el sol al incidir entre ellas dibujan reflejos y tonalidades cálidas sobre el agua verdosa, incluso con un poco de suerte puedes ver asomarse por las mañanas pequeños arco iris que van siguiéndote por el paseo empedregado.
Es un remanso de paz donde las parejas enamoradas se recuestan sobre la hierba y hablan de sus futuros y de sus momentos eternos, entre besos y abrazos, e incluso los solitarios se tumban viendo el cielo, dejando pasar las horas muertas relajándose con sus cascos de música, y sus particulares sueños.
Me gusta como las ocas y los patos se mezclan con los que se levantan con ánimos de correr en un entorno de pulmón de ciudad y cuando acaban mis reflexiones y me pongo de vuelta al sendero el sol es como si te siguiese en un recorrido de 360º como no queriendo despedirse de ti.

Me gusta pasearme por donde mi corazón se siente más seguro, donde conservo mis recuerdos, donde me dejo llevar por mis propios sueños y compartirlos en una mirada global con quienes se prestan todos los días casi cómplices conmigo a dibujar sonrisas en el aire y a esperar que de vuelta a la parada la realidad de la vida no te golpee con fuerza y puedas volver al día siguiente a disfrutar del amor que el parque Rodó te secuestro.

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