Recordando a mi primer gran amor, ese al que se le llama el verdadero, me he dado cuenta de que todas las cosas que hice con ella fueron maravillosas. Todos los instantes compartidos, todas las metas conseguidas juntos, todas las miradas sinceras, todos los besos llenos de sinceridad y de pasión, sin mentiras ni censuras, llenando nuestras vidas de felicidad.
Hace muchos años que su alma vigila las constelaciones y en las noches de mareas de estrellas puedo aún verla disfrutando del espacio, de todos los elementos, de toda la naturaleza en si. Su perdida me robo la valentía, las ilusiones de seguir adelante, el poder entregarme a nuevas aventuras sin tenerla como de costumbre codo a codo a mi lado y eso me paralizo tantas veces. Demasiadas.
Y como poder querer, como poder llegar a querer de nuevo cuando todo se te hace tan pequeño sin su presencia, como no convertirse en un corazón frágil cuando no sientes ni la intensidad ni la fuerza para dar dos pasos seguidos sin que sus ojos te regalen una mirada, te devolviesen una sonrisa placida, bella.
La soledad no debería de existir cuando dos personas se encuentran y comparten un amor verdadero, porque romper esa esencia es como matarlos a los dos, es quedarse huérfano de amor y aunque el mundo vea que tu cara sigue ahí, el dolor va por dentro y no se agota nunca, no tiene intención de irse y te deja muy tocado, sin ganas de vivir.
No se cuantas veces me dije no volver a escribir sobre lo que más me ha dolido en este suspiro que es nuestra vida, pero los años avanzan y nadie te da la oportunidad de poder decirte a ti mismo que volver a querer aunque no sea con la misma intensidad, seria posible, pero esa no es mi realidad. Entonces ¿qué hago?, ¿pongo mi última canción?.

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