Un espacio íntimo donde la palabra respira y el verso se vuelve refugio. Poesía personal para quienes aman las letras, las emociones sinceras y la belleza de lo escrito desde el alma.

Gracita es una perdida de las medias con corridas, de faja muelle y mini vaquera solía enseñar las tetas por cinco euros a los jovencitos que se pasaban a por hachís por la barriada, aunque lo suyo eran las mamadas por quince euros y un completo por treinta en la parte de atrás de un coche abandonado al lado de la nacional 540. Se metía de todo en sus venas y cuando no encontraba una la nariz le llegaba a sangrar de tanto polvo que entraba, pero seguía al pie del cañón, perra vieja todo son pulgas aunque Gracita sabia manejar la mano como nadie a la hora de hacerte una buena paja, eso si por diez euros, que en esta vida nada es gratis y de tanto meterse su dentadura parecía lo mas parecido a buscar a Wally.
Miguel es un alma cándida, trabaja de carpintero en la construcción y el sueldo del mes se le va en cubatas y putas, vive solo, herencia de sus difuntos padres sino tendría que compartir habitación para no verse en la calle, mantener su polla en perfecto funcionamiento para el es más importante que el comer o pagar las facturas y por eso no perdía el tiempo en buscarse un ligue firme, para el una relación era como un desayuno, mojar bien el churro en el chocolate caliente, meterlo y sacarlo para gloria de su propio ser.
Miguel solía recurrir a Gracita los fines de mes, cuando cuatro perras le quedaban en la cartera y necesitaba lubricar su manubrio sin las excentricidades de cuando recién cobraba que frecuentaba un motel con cama blanda y bañera para dos y la tipa le cobraba medio riñon. Gracita que se buscaba las moscas incluso dentro de la nariz se resignaba sabiendo que ella era el plato podrido para todos y que así siempre lo seria.
Una noche del 30 de Octubre Miguel más empalmado que un poste de teléfonos fue en busca de Gracita para “un quince euros”, la encontró con medio pico alborotando su vena, no se le entendía nada al hablar, Miguel se bajo los pantalones e intento metersela en la boca. Gracita en pleno cuelgue saco la jeringuilla del tobillo donde tenía una vena semi virgen y empezó a clavársela en la polla de Miguel. Gracita gritaba como loca, la cabeza no le generaba respuestas tranquilizadoras a ese momento de locura, con el mechero que utilizo para calentarse la dosis prendió fuego al vello de Miguel sin dejar de clavarle la jeringuilla.
Con los ojos desorbitados Miguel miraba como su pene parecía el acueducto de Segovia y como su cuerpo se iba llenando de llamas como la noche de San Juan, pateo a Gracita al suelo y empezó a correr despavorido en vez de tirarse al suelo y apagarse, la velocidad y el oxigeno del aire hicieron de Miguel la antorcha humana, el alcohol en el interior de su cuerpo ayudo a la quema de su Roma interior.
Gracita se reincorporo media ida y solo pudo decir en medio de su bestial cuelgue:

“Vuelve cuando quieras majo”

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