Hace unas horas ibas en el avión pensativa, seguiste con la mirada perdida las indicaciones de la azafata, pero tu mente patrullaba por otro mundo. Estabas cazando en la montaña en esas cumbres compartidas por dos países vecinos donde sabias moverte y sentir en tus pies un terreno que dominabas. Nunca te ha gustado volar siempre decías que lo que sube baja y no siempre para bien, salvo cuando es bajo una de tus flechas, se despluma y se pone a fuego lento.
A pesar de que el panel ya advertía de que te podías quitar el cinturón tu seguías con el apretando al máximo tu cintura y aunque tu vecino de asiento te lo indico amablemente tu silencio por respuesta y tus manos temblorosas lo desanimaron a decirte algo más el resto del vuelo. Estabas fuera de tu elemento, eras la presa de toneladas de hierro, de chatarra convertida en un utensilio incalculable para tus dotes sobre el campo de caza, te sentías la presa.
A pesar de que el vuelo era corto tus sentidos estaban en alerta como si persiguieses una presa herida y sentías la sequedad en la boca, que no había viento esperando que no te olfateasen, que no había huellas, que todo era una locura y hubieses preferido hacer el camino andando por los Andes, con tu mochila cargada de experiencias y el valor de dominar tu espacio y el tiempo, de estar sobre tu casa.
¡Señoras y señores vamos a tomar tierra en el aeropuerto de …….!. “Del suspiro”, estabas aliviada, te volvía el color a las mejillas, tu cuerpo se aceleraba y tu corazón rompía el pecho por salirse por el túnel de desembarco hacia tu selva interior, volver a la cueva de tu sin razón. Movías las piernas, se dilataban tus pupilas al sentir el cemento sobre las ruedas, ¡frena frena frena!.
Recogiste tus enseres. Me dejaste atrás.

Deja un comentario