Un espacio íntimo donde la palabra respira y el verso se vuelve refugio. Poesía personal para quienes aman las letras, las emociones sinceras y la belleza de lo escrito desde el alma.

Bajo todos los días por la calle empedrada camino del café y siempre estás allí, sentada en el suelo con tus manos metidas en los bolsillos y un cartel de cartón pidiendo algo para comer, que no tenías un techo donde dormir. Ya podía hacer sol o lluvia que en los últimos meses te habías apalancado en esta calle, el tener un supermercado cerca te aseguraba al menos poder comer algo caliente una vez al día y yo desde la cristalera del café te observaba embobado, porque no entendía como una mujer tan hermosa para mi pudo acabar ahí, en el frío suelo, esperando la bondad de la limosna de la gente.
Pocas veces solías levantar la mirada pero cuando lo hacías suspirabas mirando al cielo, cerrando tus ojos y poniendo una mueca de dolor hacia tus adentros, casi los tenia contados, cada cinco minutos mas o menos se te escapaba uno y a mi se me helaba el cuerpo, sentía como mi corazón dejaba de latir y se unía en lo que podía creer que en tu mente estarías pasando, sufriendo.
Siempre me peleaba conmigo mismo deseando entrarte y preguntarte como estas, como te llamas o si necesitabas algo, pero me falta esa valentía y me contentaba con verte cada día a la hora del café.
Al día siguiente no estabas.
Me quedo parado en plena calle y algo hace que mi garganta se colapse, un nudo que me apretaba y hacia que mis ojos por una extraña razón se humedecieran. Dentro del café mis manos tiemblan buscándote de principio a fin de la calle y me pongo nervioso, no podía imaginarme el no poder volverte a ver, en silencio, en mi cobardía me había enamorado de ti.
Pregunte por ti en las tiendas de la calle, en el supermercado una cajera me dijo que te habían llevado al hospital porque te desmayaste y apretando mis puños me fui a por ti. Al llegar y luego de pedir muchos favores en recepción me llevan a la planta donde estas tumbada en una cama con un gotero llevándote la vida a tus venas, abres los ojos al sentir como casi me cargo la puerta al entrar y de manera increíble sonreíste y me dijiste: he tenido que llegar a esto para que te fijases en mi.
Avergonzado le cogí de la mano y me confesé, sabiendo que nada perdería si le contaba lo que sentía y que el pecado de mis miedos pudieron hacerla morir, que si me faltaba en mi día a día ya no sería lo mismo para mi.

Le ofrecí mi vida, mi techo, mi corazón y cuando la visita tuvo que terminar al salir por la puerta me dijo: “Lucrecia”, le dije ¿qué?… “me llamo Lucrecia repitio”, y yo aún temblando volví hacia la camilla me incline hacia sus labios y la bese.

Deja un comentario