Correteabas en el patio, sobre una gran piedra desnuda por el tiempo de el musgo que abriga la madre tierra, con una sonrisa de niña feliz de grandes ojos azules, yo también era un niño, sentado viendo como jugabas con tus brazos alzados y tus manos caracoleando con el viento divisando al fondo la ria, el océano que nos vio nacer. Me dedicabas cada movimiento y me hacías reír con tus palabras ya difuminadas por los años. Yo llevaba un pantalón corto y el jersey de pico con mi camisa, las rodillas llenas de moratones y raspazos de caernos mil y una vez, tu llevabas la falda escocesa corta y la blusa blanca, dos en uno siempre juntos. Tu me decías, somos novios, yo te decía, si que lo somos, y en la edad de la inocencia nos cogíamos de la mano y volvíamos juntos del colegio orgullosos de no tener nada mas en nuestras mentes que la felicidad de ese amigo, de esa amiga fiel, al que llamábamos novio o novia porque nos sonaba de los mayores, pero en realidad era algo mas, amistad, alegría, juego, ganas de vivir. Y desde el parvulario siempre juntos dejando pasar los años hasta que tu te quedaste en lo bueno y yo me uní al barrio, a la presencia mas radical donde la inocencia se acaba y empieza la tortura de la escuela de la calle. Hoy aún tengo grabada en mi memoria, tu sonrisa, donde empezó todo, en la Comboa, muy cerca del purgatorio.

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