Un espacio íntimo donde la palabra respira y el verso se vuelve refugio. Poesía personal para quienes aman las letras, las emociones sinceras y la belleza de lo escrito desde el alma.

Me levante temprano quería ir a Madrid centro y pille la linea 9 del metro, como de costumbre lleno hasta los topes por la masa trabajadora cuando eliges la hora punta por lo que la sensación es de ahogo y de una mezcla de olores de perfumes, lavandas y masajes de afeitado con prisas que podrían marear a una tribu de bacaladeros en Ibiza hasta el coma.
Buscar un asiento es como contribuir a la desforestación del Amazonas con una aguja y un cortauñas, todo un reto pero he aquí la anécdota del la jornada. Estaba yo medio sentado entre el culo de una mujer de mediana edad y la bolsa riñonera intentado no soltarme de la barra, ya me parecía a un striper marcando cacho entre dos fans, cuando una mujer de más o menos mi edad que por obra de un milagro había encontrado asiento me dice que me veía descompuesto y si quería que me cediese su asiento. Entre la hombría y la caballerosidad le dije que no, a pesar de que me encontraba atufado por el agobio de las presiones corporales y los cuchicheos de todos los parlantes mañaneros.
La mujer que se daba cuenta de que no soy muy presto a las aglomeraciones y que me estaba volviendo verde por instantes y asumiendo que explosionaría hacia los cuatro puntos cardinales me soltó. “venga hombre aún quedan diez minutos para llegar siéntate en mis piernas”. Dándose cuenta de que no quería quitarle el sitio me ofreció su regazo como Diosa protectora, por mi cabeza me pasaron secuencias de una imaginación desbordante, un cuadro de una madre con su bebe dándole el pecho, una esposa con su marido en brazos muerto por la metralla, una profesora dando unas zurras a un alumno rebelde….
la mujer coge mi mano tira de mi y me dice sonriendo – que te sientes yaaaa que me estas dando mal cuerpo viéndote así que parece que te vas a desmayar – y caí en sus piernas sentado con la cara de asombro y de vergüenza.
¿Manuel y tú?, María José me dijo, encantado le conteste y para no quedarme como un idiota le dije que los espacios cerrados y amotinados de personas no eran mi fuerte, que me estaba sentado mal el viajecito. Ella cortes y para que no me sintiera como un merluzo le quito hierro al asunto comentándome que hoy era un día tranquilo que la cosa se ponía peor cuando alguno echaba la pota o algún borracho iba dejando su aliento que me tenía que sentir afortunado por un viaje tranquilo. Viendo ese punto me relajé bastante y llegar a destino se hizo más ameno y aunque me hubiese gustado invitarla a un café por su amabilidad de manera sorprendente al abrirse las puertas del vagón aquello me recordó a un documental de los pastos africanos y a una estampida de Ñus, en un pestañeo ya no quedaba nadie y yo pellizcándome por si aún estaba en la cama soñando o que en realidad empezaba ya el día de la manera mas surrealista posible.

¡Paciencia!…

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