Las balas se perdían en el aire, algunas rozaban con su silbido tu posición, pero no dejabas de mirar al frente, encañonando, con el punto de mira buscando su destino, su objetivo. Si se mueve se dispara, se le da muerte, el no hacerlo sería tu final. Y cae uno, y caen dos, hasta que dejas de contar con el paso de los días, y sientes los latigazos marcados profundamente en el alma, heridas de guerra que pesan demasiado y te restan aliento. Luego te mandan a casa, te sonríen dándote un papel y te sueltan al mundo. Pero te das cuenta de que por cada bala, por cada latigazo, ibas dejando tu vida allí y que aquí solo conocerías la paz entre pesadillas, dolor y frialdad.

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