Un espacio íntimo donde la palabra respira y el verso se vuelve refugio. Poesía personal para quienes aman las letras, las emociones sinceras y la belleza de lo escrito desde el alma.

Llegue a Puerto Madero cansado de visitar la Casa Rosada y la Plaza de Mayo deseando coger el Buquebus Francisco rumbo a Montevideo. Una señorita muy amable me dice que un billete en primera clase me cuesta $ 2.473 que si en efectivo o con tarjeta, menuda pregunta que pico de oro tiene, tarjeta por supuesto. Me pregunta si voy a necesitar la bodega para el coche y le digo que no que solo llevo una mochila con cuatro cosas y me da el billete.
Una vez dentro del buquebus Francisco el hall con esas escaleras y la claraboya del techo me recordaba a una escena del Titanic, menos mal que en la primera planta hay un mini bar para quitarte todos los sustos franqueado por los asientos de la clase turista. Después de un pequeño recorrido por las diferentes clases llego a la mía de primera clase, se nota el cambio de diseño y los asientos que nada tienen que ver con las de turista, ni económica, es como ir en un avión, con todo tipo de detalles. Y las salas vip me recordaban a algunos restaurantes de lujo, con una estética impresionante y bien cuidada. Hasta por momentos me daba la impresión de estar en un centro comercial al pasearme por los Freeshop, vamos que las dos horas y media que dura el viaje aproximadamente se te pasan volando, vamos mejor que volar por toda la sensación de libertad que flotando en el agua se puede tener.
A pesar de la impresión que da ver tantas pantallas bien distribuidas por todas las zonas del barco, todo esta bien planeado para el marketing y entretenimiento a bordo estaba ya deseando llegar al puerto de Montevideo para poder bajarme y sentir el subidon que estaba deseando, que necesitaba inyectar en mis venas.
Nada más atracar y pisar tierra firme, afile la mochila sobre mis hombros y recorrí con pasos acelerados la terminal deseando salir y llegar a la Rambla 28 de Agosto de 1825, allí donde todos los días pasabas con tu ropa de deporte haciendo running y así darte la sorpresa de tu vida, ya que no me esperabas ni te había dado señales de que así fuese a hacerlo.
Mire el reloj, y con puntualidad británica te vi venir, saque de la mochila un cartel que tenía preparado con el lema “si me conoces besame” y lo puse a la altura de mi cabeza tapándome la cara. Pude sentir tus pisadas firmes sobre el suelo pero que no se frenaban sino que bordeandome siguieron su curso, estaba seguro que habias podido leer el cartel pero sin reconocer mis ropas, mi colonia europea……. me gire y te grite ¡¡¡Porteñaaaaa!!!…

Te frenaste en seco, volví a subir el cartel tapándome la cara, tus pasos ya eran mas lentos como de una investigadora sobre el terreno, susurraste mi nombre en bajito preguntandomelo, me bajaste el cartel para asegurarte de que era yo, te pusiste colorada como un tomate, empezaste a llorar y a sonreír, a llamarme boludo y unas cuantas cosas más, me abrazaste, casi hasta dejarme sin aliento, me miraste fijamente, me llamaste loco y finalmente lo que más estaba esperando, me besaste.

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