Un espacio íntimo donde la palabra respira y el verso se vuelve refugio. Poesía personal para quienes aman las letras, las emociones sinceras y la belleza de lo escrito desde el alma.

Un día de hace muchos años atrás me atreví a adentrarme en territorio hostil, un lugar donde las hadas se habían extinguido, por culpa de una bruja terrible de aspecto dócil y de belleza singular que repartía a diestro y siniestro sus mensajes interminables por el barco de Lycos. Esa bruja poco a poco fue envenenando mi razón hasta que me llevo a la quiebra de mi corazón y obligó al Capitán del barco a casarme con ella en el salón de baile. Tanta era la maldad que nuestros messenger intercambiaban rayos y truenos, ácidos y conjuros. Horas y horas de secuestro al que me mantenía bajo torturas y moratones por todo el cuerpo, a latigazos que hacían de los días segundos y que las semanas volasen al igual que esa escoba que tenía aparcada al lado de su pc, una bruja como las de antes, las de toda la vida.
Bajo el influjo de sus encantamientos y de la intimidad de la noche me obligo a hacer rituales de los que jamás me olvidare y a decirle palabras que ya no puedo pronunciar, pero al fin y al cabo que podía hacer yo ante una bruja de tan enorme magnitud, yo un bendito mortal que solo sabia no mirarla a los ojos para no caer en su tentación más carnal, su objeto de deseo que era para ella, absorber mi vitalidad, destruirme como ser humano.
Y un día cuando no se daba cuenta me arranque las cadenas oxidadas y escape con tanta prisa que me olvide de decirle ¡ quedate ahí bruja !, por si sacaba el bastón de puntas que tenía escondido debajo de su refajo y se liaba a golpes conmigo, no mire atrás. Y los años pasaron. Pero fijaros como es el mundo que la puñetera con esa nariz picuda y ese olfato demoledor me rastreo mas allá de los confines de la tierra, se presento ante mi y me dijo: “¿Hola tu ke ases?”. Me cague por la pata abajo, no me lo podía creer, me había localizado, ya sabia de mi cueva, esto era el fin.
Me agarro por un pie y empezó a arrastrarme por el suelo soltando una risa cínica y maquiavelista, era el principio de mi fin, ya no existía el barco del terror, ni el msn, ahora manejaba el WhatsApp con una habilidad inaudita, sabía mandar correos por Gmail y las redes sociales eran su nevera para aportar carne fresca a su despensa. Pero ya me había apresado, ahora ya no podía hacer nada, cerré los ojos, espere mi final cuando la olla ya empezaba a hervir el agua y el aroma de las especias burbujeaban, me desnudo y me dijo: “pasa pal yakuzzi que te voy a poner las pilas”.
Están son mis ultimas palabras, las que dijo la bruja “bajo a la farmacia a por condones no te muevas o te caneo”.

 

El fin.

Deja un comentario